El miercoles fue el cumpleaños de un arquitecto amigo mío, quedamos en festejarlo en un elegante restaurante japonés de la Colonia del Valle. Como siempre fui el primero en llegar, es la pena que tengo que pagar por ser puntual. Me pasaron a una amplia mesa con tepanyaki, una vez allí pedí un Havana Club y el mesero mitad japonés, mitad mexicano miró hacia el cielo, seguramente pidiéndole a todos los dioses japoneses que me fulminaran con un rayo por tan bárbara elección, ni modo, soy guajiro y me gusta el ron. La ventaja de llegar temprano es que me tomo por lo menos una copa antes de que lleguen los demás, me entretengo en observar a los demás comensales (¿Si comen sales no comerán azucares?), en escuchar varias de las conversaciones de las mesas cercanas. Como los cubanos hablamos todos al mismo tiempo creo que se nos educa el oído de forma tal que podemos escuchar dos o tres conversaciones a la vez y entenderlas completamente, también me divierte ver cuando llegan los otros estirando el cuello, con cara de despistados y buscando entre las mesas a ver donde los están esperando.
El festejado fue el segundo en llegar y luego cuatro amigos más. Pedimos unas copas (Para mi la segunda) y en ese momento llegó la esposa del cumpleañero, nadie esperaba esta visita menos él, que se levantó a recibirla con besos, abrazos y hasta la levantó del suelo, momento que ella aprovechó para abrir sus largos brazos y colocarlos de forma tal de que todo el restaurante se diera cuenta de que ella era bailarina de ballet clásico. Bailarina en desuso o con el uso que le dan a las no muy buenas, maestra de ballet.
Los demás nos miramos y aunque no lo dijimos todos pensamos:
-¡Chale! ¡Ya nos cayó el chamuco! ¡Con una vieja aquí la diversión se reduce y el nivel de peda también! Pero no era nuestro cumpleaños así que nuestro amigo podía pasarla como le diera su real gana ¿Quería tener su freno de mano? ¡Qué lo tenga!
Pedimos entre otras cosas un tepanyaki de langosta, por los que nos trajeron a los crustáceos vivitos y coleando para demostrarnos lo frescos que estaban. Luego se los llevaron a la cocina, las langostas se matan echándolas en agua hirviendo, pero seguramente en tan connotado restaurante las cambian por otras recién sacadas del congelador y las vivas las devuelven a la pecera para deleite de los tontos que creen que se las van a comer. El caso es que a mi me supieron feas las tristes langostas, le hice la observación al chef y enseguida todos me echaron montón que si yo era un pin$%& cubano jodido que Fidel no me daba de comer y que no sabía cual era el sabor de una buena langosta.
La verdad en Cuba yo comía langosta con cierta frecuencia pues una amiga que trabajaba en una empacadora de mariscos de exportación, se las robaba, las sacaba de la fabrica metiendo las colas en su pecho. Tal vez por eso sabían tan buenas, estaban sazonadas con el salado sudor de las tetas de Azucena y además tenía el gusto que tiene un manjar prohibido, por lo menos para el paladar de los cubanos.
Entre pláticas y pláticas fueron cayendo varias botellas de vino blanco frío ¡Delicioso! (Después me enteré que era uno que tenían de oferta (dos botellas al precio de una) Pero con el ambiente japonés y el mal sabor del tepanyaki, me hicieron que lo encontrara maravilloso y que tomara más de la cuenta.
Así estábamos de entretenidos cuando sentí que un pequeño peso en mi regazo, el primer impulso fue checar donde andaban las manos de la bailarina, pero estas se encontraban posadas en los hombros de su marido, miré las manos de mis amigos pero todas estaban encima de la mesa, a menos de que allí estuviera la diosa Kali, no era una mono lo que tenía allí. Con cuidado eché mi silla hacía atrás y… Allí estaba ESO, algo así como un monstruito mezcla de perro con pulga, un perrito diminuto de esos que tienen colitas en las orejas, moñitos y florecitas color rosa de adorno. ¿Cómo había entrado ese animal allí?¿Vendría dentro de la langosta? ¿Sería efecto del vino blanco?
-¡Petite Pois!, ¡Petite Pois!, ¡No molestes!- dijo una voz femenina con un fingido acento francés.
¿Qué perro podría llamarse de esa manera?
Levanté los ojos y vi a una verdadera diosa frente a mí, una preciosa mujer, como de 30 años, alta, delgada, cabello lacio al hombro con unos mechones sobre la cara, algunos de los cuales se le metían en sus oscuros ojos.¡Una cara tan hermosa debía estar totalmente al descubierto! De cuerpo estaba muy bien, un poco pechugona para mi gusto costeño. (Yo prefiero a la mujer nalgona, pero ya no tengo edad para ponerme muy exigente)
Le entregué el microbio, perdón quise decir perro y sonreí con esa sonrisa medio idiota que ponemos los borrachos cuando queremos dárnosla de conquistadores.
-¡Le caíste bien a Petite Pois! ¿Sabes que su nombre significa pequeño guisante ?.-Me dijo sonriendo.
-Chícharo, la traducción correcta es chícharo.-le aclaré.-¿Es macho? –pregunté, conociendo la respuesta porque ya había sentido algo húmedo sobre la palma de mi mano.
-Si, es niño.
Miré al pobre animal con moñitos rosas y pensé que si seguía así iba a ser el primer perro travesti del planeta.
-Fabrizio.- Dije extendiendo la mano, en franca violación a la etiqueta, el hombre debe esperar que sea la mujer la autorice tocar su mano.
-Lissete. –Respondió ella.- Gracias por soportar a mi bebé.
-De nada.- Y la vi alejarse hacia una mesa donde la aguardaba un hombre como de unos 70 años, pelón, muy bien vestido y de aspecto distinguido.
Al poco rato, tuve necesidad de ir al baño, al pasar miré de reojo a Lissete y vi que el señor le tenía tomada la mano, el lenguaje corporal me decía que ese no era su papá. De regreso del baño, la miré descaradamente y sonreí, ella me hizo un gesto para que me acercara, me presentó a su acompañante:
-Él es Fabrizio.- Dijo dirigiéndose al viejito.- Él es mi esposo.-Me dijo a mi.
-Dr. Armando López de la Garza, cirujano plástico.- Me espetó al tiempo que me daba la mano.-Mucho gusto.
-Ingeniero Fabrizio el guajiro cubano.-Contesto
-¿Nos acompaña a una copa?.-Me invitó el doctor
-Con gusto.-Respondí.
A pesar de la insistencia del Doctor, pedí que me trajeran mi copa de vino blanco, ya saben por si acaso, no me fueran a drogar o algo así. Ellos estaban sentados uno frente a la otra y yo quedé entre ambos
Lissete se interesó en mi trabajo, yo en el de ella, me dijo que ella había sido corista en Las Vegas (Puta, pensé para mí), pero que ya tenía 28 años (No se lo creí) y una hija de 8 años, que era momento de dejar la farándula, sentar cabeza y constituir un hogar (Se lo creí menos todavía).
Por su parte el Doctor se extendió describiendo sus actividades, era especie de un hombre orquesta, impartía clases, trabajaba en un hospital (De los caros), tenía un consultorio en una elegante colonia del D.F. donde aplicaba tratamientos pequeños. También comenzó a hacer la historia de cómo había conocido a Lissete, él le había hecho los implantes del busto cuando ella estaba casada con el padre de su hija(ya sabía yo que ese tamaño no era natural), luego ella se divorció y se fue a Las Vegas, regresó y él le hizo la nariz (Ya estaba pensando que esa vieja era una bruja) comenzaron a frecuentarse y se casaron.
Sentí que algo se posaba en mi muslo derecho, busqué al perrito y lo vi educadamente sentado en una sillita que le habían traído ex profeso, miré encima de la mesa y faltaba una mano de Lissete, en ese momento me tocan el otro muslo y percibo que también faltaba una mano del Doctor. Aunque estoy lo suficientemente crecidito y corridito como para poder manejar una situación de esa índole debo reconocer que me sorprendieron.
-Vamos a nuestro departamento.-Invitó Lissete.-Es cerca, es un Pent House aquí en la Nápoles.
-No gracias.-Respondí y tomé un sorbo de vino, como si nada estuviera pasando.
-Insisto.-Ahora fue el Doctor mientras me apretaba el muslo.
¡Está loco este viejo! ¿Si le dije que no a la chica cómo espera que le diga que sí a él? Pensé.
-La verdad, me siento halagado, pero estoy con mis amigos.(Realmente me había olvidado de ellos y ellos de mí).-Les dije.- Otro día, tal vez.
-Cuando quieras.- Dijo el Doctor extendiéndome una tarjeta de presentación.- Nos llamas.
La idea de un ménage de trois no se me hacía muy atractiva. Regresé como mis amigos y seguimos tomando vino blanco.
Ayer amanecí con fiebre, ronchas por todo el cuerpo, vómitos y diarrea. Un dolor de cabeza asqueroso y la casa me daba vueltas. La cruda más mortífera de mi vida. Lógicamente le eché la culpa a la langosta y me tuve que presentar a trabajar porque tenía unos eventos improrrogables, pero necesitaba palillos para mantener abiertos los ojos.
Pasen un fin de semana SABROSON (No coman langosta ni tomen vino blanco)