EL CONSUELO.
Trataba de escapar por aquella puerta pero dos personas me sujetaban con fuerza, lanzaba patadas al aire y gritaba intentando escapar, mi cara estaba cubierta de lágrimas, babas y mocos ¡Jamás había estado tan asustado! Todo aquello era completamente desconocido para mí, la habitación era inmensa, estaba llena de personas pequeñas y extrañas, algunas de ellas con señales inequívocas de que habían pasado por una situación semejante a la mía.
Poco a poco, al ver que mis esfuerzos no daban resultados comencé a dejar de luchar y mis pies pisaron tierra, los brazos que me sujetaban se fueron suavizando hasta que me dejaron libre.
Estaba allí, de pie, tembloroso, llorando y moqueando, la cara roja de coraje. Todos me miraban con una mezcla de comprensión y lástima ¡Ellos habían pasado por lo mismo! Una voz femenina fuerte y autoritaria me ordenó que me sentara, al tiempo que me señalaba una silla. Miré a la puerta pero estaba bloqueada por un hombre enorme, el mismo que minutos antes ayudaba a la mujer a sujetarme.
Tomé asiento, la silla en cuestión estaba situada al lado de la que ocupaba una chica hermosa, de cabello oscuro y ensortijado, ojos enormes, negrísimos y rodeados de pestañas tan grandes como abanicos, la miré con mi cara roja y cubierta de fluidos corporales. Ella sonrió y pasó su brazo sobre mis hombros, me abrazó suavemente, sentí la tibieza de su cuerpo y el miedo desapareció. Esbocé una sonrisa, ella se acercó más y besó mi mejilla, un beso suave, cálido que me llenó de confianza y ternura.
-¿Quieres ser mi novia?-Pregunté.
-Si.-Contestó y me abrazó más fuerte.
Así fue mi primer día de clases, así tuve mi primera novia y así aprendí, a los cinco años, que aún en la tormenta más oscura existe un rayito de luz.






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