
Anoche estaba practicando el deporte nacional, no , no es el football, es apretar el botón de los canales del cambiador de la tele y ver que están pasando para elegir que ver, en uno de ellos una bellísima japonesa me miró y luego sonrió tímidamente y eso me recordó uno de mis amores adolescentes.
Al entrar al tercer año de secundaria conocí a Violeta, una japonesa con cara de galleta y más fea que pegarle a Dios. Pronto nos hicimos amigos y juntos planeábamos las maldades que se le hacían a la sangrona maestra de geografía. Violeta había nacido en Cuba de padres japoneses, renegaba mucho de su origen y sólo se permitía aclararlo cuando le decían china, para ella era más ofensivo ser china que japonesa.
Una tarde me llevó a su casa y allí conocí a Carmen, su hermana, un año menor que ella. Carmen era bellísima, tenía el pelo negro, brillante y largo hasta más abajo de las caderas, una piel de marfil, un cuerpo muy bien modelado, su modo de hablar era pausado, su voz dulce. Era una chica tímida que siempre evitaba mirar a los ojos. Yo quedé prendado de Carmen, me encantaba por exótica y hasta en mis no tan inocentes sueños la imaginaba como geisha, complaciéndome en todos y cada uno de mis deseos.
La familia de Carmen era muy cerrada. Makoto Yunaka Sasaki, su papá fue traído a Cuba a la edad de 4 años por sus padres quienes le dieron una educación muy oriental y alejada totalmente del ambiente cubano, cuando cumplió 19 años mandaron traer a Kyomi Sasaki Yunaka, una bella japonesa de 17 años, hija del hermano de su mamá con una hermana de su papá, prima hermana por partida doble, para que contrajera matrimonio con él.
Makoto y Kyomi eran un matrimonio perfecto, tuvieron dos hijas a las que decidieron ponerles nombres en español Violeta y Carmen, varios años después tuvieron dos hijos a estos le pusieron una combinación de nombres en inglés con japoneses así quedó Henry Samo y Josef Takesi.
Mi interés por Carmen hizo que me involucrara en el mundo totalmente extraño de aquella familia. Makoto platicaba mucho conmigo, yo creo que porque siempre mostré respeto a sus costumbres y porque siempre le estaba preguntando acerca de ellas. Kyomi era muy atenta conmigo, me invitó muchas veces a comer en su casa y siempre me ofrecía té aunque la comunicación con ella se dificultaba por su escaso conocimiento del español.
Después de varios meses tratándolos, ya era muy amigo de la familia, sin embargo de Carmen no había logrado obtener más que un intercambio de tímidas miradas. Un buen día, durante las vacaciones de verano, me hicieron el honor de invitarme a un festejo en su casa, me advirtieron que era una ocasión importante, aunque no me dijeron porqué. Violeta me hizo jurar, bajo pena de muerte, que no contaría en la escuela lo que allí iba a ver. Los pocos invitados eran japoneses o descendientes y estaban vestidos de forma tradicional. Makoto me prestó uno de sus kimonos, me indicó como debía ponérmelo, que debía anudar el obi de forma simple, el nudo debía estar a la derecha, cuando terminé de vestirme me miré al espejo y cerré un poco los ojos tratando de verme lo más japonés posible, pero me sentía ridículo, abrí la puerta de la recamara y salí caminando como un tamal con patas, sólo la mirada de aprobación de Carmen me hizo caminar con naturalidad. Makoto me señaló un cojín alrededor de la mesa de los hombres, las mujeres y niños se sentaron aparte, por lo que la posibilidad de estar al lado de Carmen se esfumó de inmediato.
Creo que aquella fue la velada más larga de mi vida, Makoto y sus amigos sólo hablaban japonés, por lo que no entendía nada de la conversación, pero si de aburrirse se trata hay que hacerlo con clase, entonces cuando todos reían yo lo hacía también y cuando todos permanecían serios mirando su bebida yo era el más serio. Supongo que un comportamiento tan propio debió llamar al atención de Carmen que desde su lugar me lanzaba miradas que me hicieron creer que mis sentimientos hacia ella podrían tener correspondencia. Violeta aquella noche estaba insoportable, más rebelde de lo normal y varias veces recibió miradas reprobatorias de su padre. Antes de irme, me quité el kimono y lo dejé doblado sobre la cama. Kyomi me acompañó a la puerta.
Dos o tres días después fui a la casa y no los encontré, pensé que seguramente habían salido. Regresé y tampoco estaban, pensé que se habrían ido de vacaciones. Durante varios días estuve haciendo rondines en bicicleta, a ver si de casualidad veía movimiento en la casa, pero nada. Una tarde bajé de la bici y toqué la puerta lo más fuerte que pude, estuve insistiendo y entonces una vecina salió y me dijo:
-¡Los chinos se fueron pa’ su país!
-¿Queee?.- Tuve ganas de decirles que no eran chinos, eran japoneses pero...¿Que caso tenía?
-Si mijo, se fueron, se repatriaron.
El termino repatriarse era usado en Cuba cuando algún extranjero hacía trámites ante su embajada y regresaban a su país de origen. ¡Me invadió una tristeza muy grande! ¡Ya no vería a Carmen nunca más!
La gente del pueblo comenzó a dar versiones de la salida de los Yunaka y muchos de los chismes decían que Violeta había armado un berrinche enorme en el aeropuerto, que se había negado a irse con sus padres y que el gobierno cubano le había brindado protección, pero que el resto de la familia se había ido a Japón.
Años más tarde al encontrarme con Violeta en una calle de la Habana me confirmó esa versión, ella no se quiso ir a Japón. Ahora estaba casada con un cubano y tenía dos niñitas, feas como ella. Le pregunté si tenía contacto con su familia y me dijo que sí, me mostró fotos, sus padres un poco más viejos, su hermanos que los había dejado de ver niños convertidos en jóvenes y una hermosa foto de Carmen, con su sonrisa tímida, el cabello largo moviéndose al viento y al fondo podía verse el Fujiyama como como prueba de que se encontraba a muchos kilómetros de mi.